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Estoy solo, luchando conmigo mismo. A altas horas de la noche sigo aquí, tirado en mi cama, con los ojos cerrados pero la mente abierta. Una bonita y blanca dama habita en ella, me golpea, se mueve libre, inquieta y lentamente de un lado a otro. Es una guerra entre ella y yo, una guerra sin fin. Me exige cientos de explicaciones y porqués, que yo soy incapaz siquiera de comprender. Quiere respuestas. Y no las tengo. Me retuerce. Charlamos durante horas y horas, es deliciosa, pero cada palabra suya me hace verme más y más pequeño e insignificante.
Cuestiona todo. Tira por tierra todos mis pilares. Mis axiomas, mis verdades absolutas, las derriba, las pone en duda. Me obliga a caer en la desazón del relativismo exacerbado. Me come por dentro, me mata día a día. Desmonta la realidad que me creé para escapar de miedos y dificultades. Es terrible, me hace ver sin vendas. Pero ante todo, consigue que me sienta hombre, y por ello, frágil.
Fuera, todo es más fácil, tan simple como ver y creer. Tan sólo imágenes y movimientos sin un ‘detrás’. Envidio a aquellos que se pueden refugiar en realidades inventadas a medida, los que simplemente prefieren no pensar y disfrazar la ignorancia voluntaria de felicidad despreocupada. Sin embargo, yo estoy condenado al vacío vitalicio, a la insatisfacción sempiterna. Siempre habrá un hueco en mí, algo que no me cuadre, me faltará algo…
He nacido con ello, es mi destino y no lo puedo evitar. O acabo con ella o ella acabará conmigo, sin embargo, eliminarla sería un acto vilmente cobarde. Es una parte de mí, soy yo mismo. Estoy enamorado de la señorita Filosofía…
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