| |
Estoy atascado en una cárcel de palabras. Innumerables signos me abruman abalanzándose sobre mí. No me dejan respirar, penetran en mis ojos y me hacen llorar. Cuando rozan mi cuerpo me producen cortes, y cuando pasan volando junto a mis oídos no me dejan escuchar con claridad. En ocasiones, cuando necesito escribir algo, las palabras comienzan a revolotear tan rápido que no consigo atrapar casi ninguna, y lo poco que mi mano llega a alcanzar no forma más que palabras superfluas, inconexas y erróneas.
Necesito escapar: No puedo estar por más tiempo en esta prisión de lo escrito, de lo creado. Necesito más, necesito espacion, necesito silencio, necesito soledad. Quedarme conmigo mismo y no ver nada ni nadie más. Quién sabe lo que ocurrirá si permanezco durante mucho más tiempo en este estado de opresión. ¿Por qué? ¿Por qué me siento tan solo a la par que agobiado por la falta de espacio?
Me duele el brazo de tanta palabra y también de tan poca. ¿Es posible alcanzar la absolución que no existe? ¿Es posible alcanzar el próximo autobús sin perder tiempo? Desearía poder alcanzar un estado de perfección tal que no necesitara las palabras para comunicarme. Donde los signos fueran futiles. Donde ningún tipom de representación de la realidad fuera necesaria excepto por la realidad misma. Porque si fuera capaz de interpretar la misma realidad sin ningún intermediario, tal vez podría conocerla (mucho) mejor. Imagínatelo. Imagínate en una habitación. Solos tú y una mujer hermosa. Ella no es muy alta, sin pasar el metro setenta. Pelo no rubio, sino color oro viejo de las pinturas antiguas. Ojos melancólicos y brillantes. Nariz pequeñita. Redondeada. Su boca: una boca perfecta. Una boca que es roja como la cereza temprana sin ningún tipo de cosmético. Los labios de esa boca son carnosos, pero la boca no es grande. Formas redondeadas y perfectas. Líneas que parecen haber sido estudiadas y trazadas por un meticuloso arquitecto de la perfección. Imagina todo esto, pero imagina también que, si la estuvieras viendo, n necesitarías emitir tantas palabras para saber cómo es. Simplemente al ver esa mujer tan perfecta comprenderías toda su perfección. Automáticamente. Imagina, ahora, que también, sin necesidad de preguntarte nada, pudieras conocer su estado de ánimo. Su humor. Su carácter. Su forma de ver la vida. Sus inquietudes. Sus gustos. Sus deseos. Sus pasiones. Su existencia completa antes y después de que te cruzases en su vida para, con palabrería torpe, intentar sefucirla con más nerviosismo que una puta en una iglesia.
Iglesia.
¿Qué es una iglesia? ¿Un templo? ¿La "Casa de Dios"? Hay cosas que las palabras no pueden describir con precisión. Ni siquiera ciertas cosas físicas que pueden englobar un concepto inmaterial. La realidad es barro y huele, pero hay cosas que huelen menos y son más difíciles de describir: iglesia, música, amor... COnceptos y conceptos representados mediante palabras que bien podrían se erróneas en cuanto a que no describen con exactitud lo que pretenden englobar. ¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué no podemos entendernos automáticamente? ¿Un concepto deja de existir si no hay una palabra determinada para dicho concepto? ¿Qué sentido tiene pelearnos por algo que no sabemos qué es? ¿Y si lo disfrutamos sin analizarlo? ¿Dónde nos lleva tanta cuestión?
Quizás todo aquello por lo que hemos luchado, sudado y muerto no sea más que una representación desdibujada de un concepto inexistente. Una divagación superflua alrededor de un ente abstracto e inalcanzable. La vida, oh vida, no nos depara más sorpresas que las que no queramos construir, y eso acojona en cierta medida, porque si queremos lograr algo, rezar no es sino perder el tiempo mientras que actuar puede ser las dos cosas. ¿Por qué?
Pues porque no hacemos más que luchar, correr, sudar, pelear, morder, arañar y arremeter contra los barrotes de la prisión más implacable que jamás existió. Porque nos esforzamos por salir de una celda construída y custodiada por nosotros mismos: la cárcel de las palabras.
| |