| |
Aún no tengo claro cuál es el concepto que la mayoría de los que se dicen patriotas y claman estar orgullosos de ello entienden por patria. Quizá sea algo semejante a aquella Madrre patrria de los oficiales rusos de las películas; o algo al estilo estadounidense, mucho peor aún: amor ciego, ignorante e incondicional que les ha venido que ni pintado a los sucesivos presidentes de aquél país. No se si es cosa de los patriotas españoles (que son los que me preocupan especialmente por motivos obvios) esa funesta manía de amar (¡ooohh! cuán abrumadora grandilocuencia) a lo que ellos dicen su país sin concretar exactamente qué es lo que ellos entienden por su país. ¿El lugar donde viven? ¿las líneas fronterizas pintadas en un mapa de cuya extensión se felicitan? ¿el ESPAÑOL (marcada acentuación en la “p” y en la “ñ”), idioma vigoroso, castizo y elegante, conquistador allá donde es nombrado? ¿o es, tal vez, la artística, monumental (véase la plaza de Colón en Madrid), única cristiana verdadera, iluminadora de infieles, paganos, bárbaros e impoluta bandera española, a la que tanto adoran, veneran, vituperan, besan y defienden allá donde osan plantar la bota? Aunque a mí me da que va mas encaminado a buscar la victoria del grupo político que les interesa que ostente el poder para campar a sus anchas cuál Cid.
No se confundan. No tengo el más mínimo problema en alegrarme de vivir donde tengo la suerte de hacerlo; ¡qué hubiera sido de mí si mis padres hubiesen nacido al otro lado del estrecho! Me declaro malagueño de sangre y carácter habiéndome desarrollado principalmente en la ciudad capital. Creo en las nacionalidades y en las diferencias culturales, ya que enriquecen nuestro pensamiento. Lo que me niego a aceptar son las fronteras, que solo sirven como excusa para crear conflictos estúpidos que benefician a los de siempre y se cobran con los de siempre.
No acepto a aquellos déspotas que dicen desvivirse por “su país” e insultan y degradan al negro que llegó en patera, consiguió establecerse legalmente y pudo encontrar un trabajo que le diera de comer a él y a su familia entera (que aunque les parezca imposible los negros también sufren y se alegran) y nos permite vivir en cómodas casas a nosotros, por ejemplo; no acepto a los falsos patriotas que “aman” a su país odiando a los gitanos excusándose en que son todos unos miserables mangantes; detesto a aquellos que dicen buscar el bien de su patria limitando hipócritamente las libertades de una parte de los ciudadanos que forman la nación. No los acepto porque no se aman la geografía política, ni las razas (el negro que nació en África puede ser tan español como cualquiera si así lo desea), ni los pasaportes, ni las clases sociales, ni la orientación sexual. Se aman las montañas y los mares, ciudades, pueblos, la cultura: la literatura, la música, todas las lenguas y dialectos de cada comunidad y región, el carácter de las gentes que forman verdaderamente la patria, el país, la nación, todo.
Estas son las cosas que se pueden adorar. O, al menos, las que una persona con un corazón de carne y sangre caliente ama. Lo demás, es todo frío cálculo de intereses. Y el amor es pasión, no economía.
| |