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Monovalor mundial. Siempre el mismo impedimento. La razón que disfrazan los largos sermones, el canon que encamina nuestros actos y tristemente, el fin último para demasiados individuos. Es asombroso, como dirige silencioso nuestra civilización, penetra y corrompe, destroza y enloquece. Y sin embargo, lo necesitamos, lo ansiamos, lo deseamos, y cuando lo tenemos, nos mata.
El medio que nos abre un maravilloso mundo caótico para el cual no estamos preparados, es aquel que ha pasado de simple medio a fin supremo. Dios no ha muerto, Dios ha sido suplantado. Hemos creado un nuevo Dios, que representa la felicidad pero realmente la corroe proporcionandonos un sentimiento de insuficiencia inmortal que nos domina y ejecuta lentamente. Es paradójico como el hombre ha ideado conceptos a día de hoy necesarios, lejos de los cuales no podríamos imaginar el mundo, pero que deshumanizan a la persona y reducen la vida a otros conceptos abstractos externos a la vida, contrarios a ella, artificiales, meros valores inertes.
¿Cómo puede un concepto creado por el hombre llegar a ser más importante que el mismo hombre? ¿Cómo puede mover el mundo algo que no existe?
Entregarse a ello, es perder nuestra condición humana, para ser algo inferior a aquello que jamás hemos querido aceptar ser, animales. Precisamente, es esta obsesión la que nos ha degradado en grado sumo, demostrar nuestra superioridad sobre la naturaleza, en vez de aceptar que somos parte de ella. Nuestro acceso a lo abstracto fue el argumento que exhibíamos como prueba de supremacía sobre lo real, sobre los árboles y las plantas, los tigres y los pájaros. ¿Es propio de un ser supremo ahogarse en un río imaginario que él creó?
Olvidamos nuestro origen, olvidamos que dentro de nosotros no hay resquicios de racionalismo alguno, sino ráfagas de fuerzas naturales que nos dotan de nuestra identidad, una identidad repleta de vida y realidad, ajena completamente a lo no tangible que constituye espejismos mentales supeditados a lo real, y evidentemente creados por ello. El dolor de cabeza siempre será más intenso que el dolor de alma.
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