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Cuentan por las calles del Distrito Federal que antaño vagaba un niño que se hacía llamar Pedrito y que no superaba los tres palmos de altura. Pedrito se posaba en un banco en una esquina del Zoco y tocaba la flauta. Una flauta simple, un pequeño cáñamo de azúcar aderezado con unas pocas hojas de palma y pintado de verde. Llegaba con el alba y se marcahaba con la caída del sol.
Ponía un viejo sombrero y esperaba la caridad de turistas, ejecutivos y gente de la ciudad para poder llevarse algo para comer en una cantina cercana. Todos le conocían y era muy querido por los que frecuentaban la inmensidad y el bullicio del Zoco. Hace cosa de tres años Pedrito desapareció. Dicen que se lo llevaron unos milicianos a luchar en algún país vecino. Otros juran haber visto una Suburban negra y cuatro hombres forzudos arrastrarle mientras dormía. La mayoría afirma que se lo llevaron los cárteles de Chapultepec por una deuda de drogas. Pero Pedrito nunca fumaba.
Nadie volvió a saber nunca más de él.
Leyendas urbanas dicen que su espíritu vaga por las noches en el Zoco y aún se escucha su flauta tocar.
Hoy paseaba por el Zoco y sentado en el mismno banco donde se sentaba Pedrito hábía una niña tocando unos simples acordes en una vieja guitarra española. Ayer, mientras caminaba bordeando Ipanema me encontré con una panda de niños que no superarían los diez años y que bailaban capoeira, aprovechando el descuido ocasional de un turista para sustraerle la cartera. La misma imagen del puerto de Callao, donde docenas de niños hacen cola para poder ayudar a arreglar las redes y aparejos de pesca o poder descargar la captura a cambio de un poco de pan y algo caliente.
Aterrizo de mi largo vuelo de doce horas que me traído al norte, a la ansiada Vieja Europa. Entro en el aeropuerto y me encuentro niños jugando al pilla pilla alrededor de una columna. No deben de tener más de ocho años. Otros lloran desconsolados, quizás por sueño, o por hambre...O por el simple hecho de llorar. Un bebe duerme cómodamente en los brazos de su madre, que lo arropa con una pequeña manta. Se llama Pedro.
Un billete y doce horas en una butaca. Seiscientos euros es el precio de la libertad. ¿O el de la esclavitud? Seiscientas monedas separan el norte del sur. Al Zoco de Cibeles. A Pedro de Pedrito. ¿Hasta cuándo?
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